
En un mundo donde "nadie es patria", porque todos lo somos, en dicho orden sintáctico, refleja el agudo énfasis en la existencia de la patria, es decir, del pueblo. La patria es el territorio, pero el pueblo es el territorio, porque el territorio no es nada sin la existencia del pueblo. El pueblo es, no obstante, el sujeto colectivo observador, mientras que el territorio es el enorme objeto observado. Uno no puede existir sin el otro. De allí el amor que usualmente las masas populares sienten por su patria, es, en defintiiva, el amor hacia su territorio, hacia su pueblo, es decir, hacia ellos mismos. Este narcisismo es de carácter explícitamente positivo, porque a diferencia del narcisimo individual, este es, sin embargo, plural. Se sigue de esto que un narcisimo colectivo en su máxima expresión es equivalente al más noble de los altruismos, aquel que, comprendiendo que favorece al otro, sabe que se favorece también a sí. Porque el otro es un yo. Y «la patria es el otro». Esta conceptualización patriótica socialista atenta contra aquella otra conceptualización (neo)liberal que ciñe la patria de un carácter exclusivamente individualista, a modo de justificar el egoísmo social. Distinto hubiese sido si el buen Borges hubiese alterado el orden de la oración: «Todos somos patria, por tanto nadie lo es». Aquí la conclusión última refleja ausencia, inexistencia, abolición. Por lo tanto sí: una vez más el conservadurismo de Borges nos ha sorprendido al no inclinarse por una suerte de pesimismo literato. Pero entonces, ¿por qué este escritor burgués de escritorio hacíase mala sangre en cuya ciudad albergaba cabecitas negras y descamisados?, ¿acaso no los apreciaba en modo práctico porque no apreciaba en modo teórico a su patria?, menuda incoherencia no sería parte de un acto negligente, sino de un necio. Yo, que desprecio la conceptualización simbólica de "patria" que excluye y divide, bajo los sueños de un mundo unido y comunista, aprecio su reivindicación y valoración en términos prácticos como legítima defensa de la soberanía popular, económica y política, de las constantes invaciones imperialistas del norte, y de su despreciable colonización hacia aquellas naciones que teóricos han dado en llamar tercermundistas. Mediante esto, necesitamos resguardarnos en palabras y en acciones. Por tanto, nuestras acciones necesitan zócales teóricos que fundamenten su accionar. Porque en caso contrario, la abolición conceptual amerita a esterilizar todo tipo de acción y reacción de lucha, en términos políticos, haciéndole juego al bando del opresor.
¿Mas por qué el típico descontento burgués nos sorprende?, ya Ernesto Sábato se hacía llamar un anarquista conservador, ¡menuda contradicción de base!, y pronunciada por un supuesto no-ignorante, por un intelectual. Este malhumorado, terco, y caprichoso escritor burgués no era nada menos que el amigo de Jorge Luis Borges. Este último al menos era un poco más gracioso, pues porque era racional, característica de los nacidos bajo la constelación de Virgo; y admitía, al menos, no saber nada de política, ¡no obstante opinaba!, y así nosotros sabemos que era válido y coherente, porque la única condición para ejercer la doxa en política es ser un ciudadano, y Borges también lo era, aunque algunos crean que sólo existía en libros, pues, ¿qué escritor medianamente inteligente se fotografiaría con Videla y Pinochet?, Ernesto y Jorge, los dos intelectuales dándonos el ejemplo. Mientras que paralelamente Júlio Cortázar dejaba de lado su infantilista asco por las masas, por la gente, el gentío, al tanto admitía y alzaba las banderas del socialismo popular, tras el esplendente ocaso del Che Guevara, en las gloriosas épocas de Salvador Allende. ¿Qué quiero decir con esto?, que tener un cerebro es razón suficiente para pensar, a menos para aquellos que se han desarrollado en las condiciones culturales necesarias para ejercer la práctica del pensamiento. Empero, una vez, parece que el odio le ha ganado a las fuerzas del corazón y la razón: pues ese odio contra el peronismo que tanto manifestaba el pequeño escritor, lo llevó a aliarse con la más terrible de las facciones genocidas. El mismo "error" que cometieron los seudo-socialistas y seudo-comunistas de aquel entonces —se recomienda aquí introducirse en las lecturas del John William Cooke—. La mayoría de la izquierda argentina siempre ha cometido esos error infantiles, sectarios, aburguesados por su fe en su propio iluminismo, condenando a las masas a un ente a ser "liberado", cual si la lucha voluntarista debiera realizarse por fuera del foco de las masas populares. Y en esta diferenciación cabe el contraste entre una posición dictatorial y una democrática. La voluntad de unos pocos es tiranía, la voluntad de unos muchos es democracia. Y esta última, cuando arde, es revolución. Por esto la "revolución" de unos pocos que sueñan que lo hacen por el bien de unos muchos, no existe más que como ilusión, fantasía, y ensueño. Lo sé: estarán pensando en la teoría del foquismo y las heróicas aventuras del Che, pero lo que cabe comprender es que estas "heróicas" aventuras de justicia social sólo adquieren valor en un determinado contexto, en otro, es sólo suicidio idealista, como ha ocurrido lamentablemente en Bolivia. Así, decimos: La fe en el voluntarismo idealizado es patraña.