Diatriba contra los tartufos
No han faltado en la humanidad las pécoras miserables que se abusaban de la ingenuidad y la inocencia del corazón; y, desafortunadamente para el buen gusto, nuestro tiempo no es la excepción.
Habló ya Charles Baudelaire, en su prosa La moneda falsa, sobre este tipo de bufones, que pretenden encontrar un rédito personal de la miseria, incluso pretendiendo engañar a sus acompañantes, sin temer que éstos sean aún más listos, y terminen por descubrir el verdadero rostro que se esconde detrás de la hipocresía. Ninguna careta se resiste a la aguda mirada de quien sospecha de la gente. Pero lo llamativo de esta anécdota literaria, es que el embaucador justificaba su pobre acción, creyendo realmente en ella. Es esta la verdadera ingenuidad de quien pretende ser genuino. Y para nuestro buen gusto no se justifica semejante necedad. Aquella misma que termina por dañar a quienes honestamente se acercan a explorar el pantano, confiando en su capacidad para encontrar luz incluso en la miseria de la conciencia, al evidenciar la ausencia de tacto, una máscara vulgar, la moralina de la inmoralidad, la imagen, la representación de un equívoco católico, lo nocivo para los misteriosos ojos que se acercan con cautela, y más temprano que tarde, finalizan por descubrir un corazón podrido. Aquel que conoce lo absurdo de su irracionalidad, y no obstante la abraza, caprichosa y dogmáticamente, haciendo vomitar a Zaratustra, quien en Del árbol de la montaña desprecia a quienes arrojan de sí su amor y su esperanza, ¡su nobleza!, su heroísmo, al desertar de aquellos frentes en el alma en donde más se necesita la templanza y la ferocidad; convirtiéndose en meros destructores, insolentes, atañados de la burla, de los oropeles del libertinaje, del conservadurismo de todos los defectos, de la debilidad del espíritu (¡qué alguien los ayude a perecer!). De este modo, tras la pluma de Friedrich Nietzsche, expresa: calumnian todas las esperanzas elevadas, viviendo insolentemente en medio de breves placeres, ¡que sin embargo son egoístas!, fieles figuritas del individualismo capitalista burgués, al reproducir el interés propio de una creación que se entiende como tal, pero que se encuentra a años luz de serlo. Con las alas del espíritu quebradas por la sumisión a la voluptuosidad, fundamentando las inclinaciones del rebaño con una precoz filosofía juvenil o pseudofilosofía, digna de semejante malcriado, arrastrándose de un lado para otro manchando todo lo que roe; libertinos, juegan a ser, pregonando el horror y la pesadumbre que para ellos es el héroe, aquel que es capaz de decapitar al dragón, o a Medusa, o asesinar al Minotauro. Aquel que triunfa en las sombras de la conciencia. A quien desprecian porque no pueden triunfar, y antes de tener la suficiente valentía para enfrentarse a sus demonios, les tiembla el pulso y ceden, se arrodillan ante la humillación, sumiéndose en aquello que temen enfrentar, rindiéndose cual auténticos cobardes. Yo y mi espíritu japonés, alentado por el gran desprecio, los menospreciamos. Son la desgracia de toda lucha. Los que le rinden culto a lo humillante, los que hacen del sufrimiento un culto. Quizás por no haber sufrido demasiado, algo típico en los niñitos de la burguesía.
Fascinados por la ignorancia, encantados por el oscurantismo, presumen de cuestionar ideales que ni siquiera comprenden, demostrando su incomprensión en patéticas letras que no hacen más que expresar, una y otra vez, su patética justificación del vicio y de la debilidad. Cayendo en un extremo, en el opuesto de aquello a lo que se dicen oponer: ésa es la otra moral. O cual he dicho en otra ocasión: hacer de la inmoralidad una moralidad. Semejantes farsantes no tienen el valor para despegarse de toda moralidad, y encarar la ética del corazón, de frente. Y como ellos no pueden pretenden arrastrar a todos a su propia miseria, quizás para no sentirse demasiado solos, o quizás para establecer que también existen otros igualmente basuras que ellos. Se sorprenden cuando los esquivan. Ilusionados, inventan un entendimiento, algo que los redima de la verdad. Son escapistas. Se escapan de afrontar su propia verdad, la niegan, como los predicadores de la muerte, para no tener que luchar, lucharse.
La unidad universal, el Campo de Higgs, los análisis sistémicos de la realidad, no hacen más que evidenciar que la desunión es una ilusión. Pero la enfermedad del solipsismo ha hecho estragos en el pensamiento. Los delirios del buen burgués sobre el existencialismo le han causado mucho daño a la filosofía. La totalidad nunca persigue un fin. De lo contrario lo que es, no estaría equilibrado nunca: pues la energía nunca se pierde. Estos inútiles supersticiosos que necesitan de un fin, aquí, o allá, algo que sostenga la miseria, su desprecio por el otro: su antipatía que causa daño a quienes hacen el esfuerzo de quererlos. Pero nadie con dos dedos de frente insiste en tropezar con la misma piedra dos veces. Útiles pasiones las de su obrar: el basamento sofista de sus propias existencias. Falsa ambigüedad.
Son los carniceros que pronto se extinguirán. Al menos según las predicciones del transhumanismo, entre el 2049 y 2071, en La era de las máquinas espirituales. Ya no tendrán en donde meditar. Si les da el pulso, serán asesinos. De lo contrarios, su cobardía se desnudaría espantosa. Desafortunadamente, para ese entonces estarán muertos. Pequeñitos inservibles esclavos del deseo y la pasión. Jamás supieron domar esas fuerzas que esclavizan a los hombres. El pleno padecer, el rendirle devoción a la inarmonía, cual si tal cosa existiese. Ficción del subjetivismo.
Si no son agotadores ellos mismos para sí, fantasmas descuidados adictos a la merca, menos lo serán para nosotros, que apenas les echamos ojo para despreciarlos. Jamás serían capaces de animarse al ardor de una mujer con todas las letras, de una hembra que haya conciliado el último ideal: El matrimonio del cielo y el infierno.
Es necesario que hoy revindiquemos que podemos conocer aquello que llamamos 'nosotros mismos'. Que aunque fluya el río y no sea el mismo, no deja de ser río. Empero no hay que ser un timorato ignorante. Con el temple de un músico, tenemos que establecer el leitmotiv de nuestra propia sinfonía. Allí radica el inicio del conocimiento. En cuyo primer paso comenzamos a establecer: esto es la creación. En el acto mismo de crear, dilucidamos nuestra existencia, la transitoriedad total de nuestra existencia, el devenir de nuestro existir, que sin embargo no deja de ser un Yo, del mismo modo que el río no deja de ser río, hasta que se seque. Así como el matemático en su arte encuentra los patrones en la sucesión de Fibonacci, nosotros mismos debemos hacernos cargo de nosotros mismos: y encontrar nuestros propios patrones de nuestro propio número pi: que sin embargo es el mismo para todos, ¡pues allí se hace posible la creatividad! De este modo es deductible decir: podemos dirigir nuestros propios sueños y nuestros propios deseos. A menos que carezcas de creatividad y, por supuesto, de actitud belicosa.
'Inconsciente' nombra lo oculto. Lo que yace oculto por debajo de lo que es conciente. ¿O quizás lo que yace por encima de lo que es conciente? ¿O es que semejantes opuestos no son más que lo mismo? Como es arriba, es abajo. Dicho esto, si uno es conciente, si realmente lo es, ¿cómo podría, entonces, ser "sorprendido" por el inconsciente? Si es sorprendido, significa que no es conciente. Entonces es un inconsciente. ¿El inconsciente sorprendiendo al inconsciente? Algo así como el imbécil insultando al imbécil. Una querella de manual en el rebaño. De aquellos que sólo son hablados.
Yo es otro, es unidad. Otro, soy yo. Es totalidad. Por ello somos pensados, quienes nos arrojamos a ese abismo de luces. No quienes fantasean con el abismo sin haberlo conocido: jugando con supuestas rosas vírgenes e imitando a los maestros. Plagiando sus corazones.
No sólo somos elegidos por la poesía, como creerían los imberbes, sino que al mismo tiempo la elegimos a ella. No hay otro modo en lo Uno. De este modo estamos condenados a ser libres. No hay sufrimiento sino pesar. La diferencia radica en la voluntad. Cual aquella que es capaz de poseer Sísifo, en lugar de doblegarse. Hay allí una elección. Y no hay desconcierto posible para quien se descubre vidente. Para quien ejerce su palabra por delante de la acción.
Estas criaturas, que no son más que reemplazo y sustitución, que nada entendieron de los versos decadentes, simulan su entendimiento y pretenden imitarlo, terminando, por semejante falsedad, no más que imitando una imagen falsa, o exagerada de los defectos, a modo lúdico y banal, a estas criaturas hace alusión Camille Mauclair cuando ataca la peste del baudelarismo, y explicando minuciosamente por qué el mismo Charles despreciaría a estos tartufos que pregonan la altanería y el asqueroso dandysmo.
No hay paradoja en el yo. Sólo ilusionismo. Un error cognitivo. La intimidad no titila cual una estrella lejana, muy por el contrario, como la Luna, canta en silencio una melodía pálida que sólo puede ser oída en el corazón de la noche, por los hijos de la noche. El espejismo proyectado por un sueño soñado, refleja la ausencia de la capacidad para soñar. Nadie que sepa de la intimidad, no puede soñar. El ajeno que no descansa, ése es el uno mismo: quien teme descubrirse a sí; descolgar la máscara frente al espejo de su baño.
YHWH: Yo soy el que se trabaja a sí mismo. O, lo que es lo mismo: Yo Soy. En esa determinación poéticamente divina, se expresa al mismo tiempo la unidad, la totalidad, lo uno, el otro, y el yo, incluso todo, y nada. Muerte, y vida. El arco y la lira. Los supuestos opuestos. Somos nativos y extranjeros siempre. Todo ésto es lo que significa Je est un autre. ¿Se atreverán, sin embargo, estos imitadores del decadentismo, romper algún día las cadenas, rebelarse contra su propia esclavitud? ¿O es que acaso vivirán hasta la muerte temiéndole al desierto?...
El sentido común jamás reduce al otro como un desconocido conocido: siempre el otro es el desconocido. El conocido siempre es uno, y más conocido es, por lo tanto, quien más cerca esté a ese uno. El sentido común no persigue a nadie: sólo persigue deseos. Es el perro y su sarna. El hámster y su rueda.
Para quien se enorgullece de su propia ignorancia, quien pone en un altar el oscurantismo, lo desconocido debe permanecer intacto. Inmaculado, cual un santo del cristianismo. Pero ese hacer pensar que experimentan no es más que un velo del más profundo pensamiento. Porque no piensan. Sólo se regodean entre sombras, entre balbuceos y retórica medieval, que acrecienta el propio orgullo y la necia capacidad de aceptar críticas. El cobarde jamás está dispuesto a luchar. Por eso establece dogmas, y los defiende condenando, señalando mediante su falso arte, el gran engaño, el signo de interrogación en el otro, en los otros, que ponen en tela de juicio su charlatanería. Así, engañando, es como suponen alojar a lo desconocido, casi astuto eufemismo para abrazar el oscurantismo retrógrado.
La única potencia subversiva que importa no la que se des-sujeta del sentido común, sino aquella que lo destruye. Y no sólo al sentido común, sino a esos otros sentidos que no hacen más que manchar de mierda el camino de la nobleza guerrera, que sin parpadear los decapitaría en el frente de batalla.
El derecho de la recepción de lo otro, o de la diferencia, es lo obvio que omiten las conciencias separadas del mundo. La experiencia de lo irreducible es la sensación de lo infinito, lo que se resiste a los divagues de los charlatanes que aspiran a crear al menos una canción talentosa en sus vidas neoliberales.
Tautologías sin sentido. Y aún así, pregonan sobre lo misterioso, ¡aquello que tanto desearían conocer!, si tuviesen el valor de hacerlo. Lo arrojado desde ese algo que estos pobrecillos llaman 'nada', metafísica de bazar, donde lo impersonal no es más que una aspiración intelectualoide, irónicamente desprovista de razón, en lo cual lo desquisiado no es más que una pose, una posición de lo que vive fuera de sí, sobre lo que ellos no se animan a clasificar. Conocidos y contaminados, engañados por su propia miseria. Si tuvieran algo de dignidad, se ahoracrían con su propio cinturón, como Nerval, en un oscuro callejón de la capital.
Nadie es puro. Nadie es impuro. La pureza no existe, porque existe lo Uno. La unidad. En ese espectro ideal de la separación, del desligue, en la idealización de lo alejado, es donde existen las clasificaciones arbitrarias de lo impuro y la pureza. Calificativos de un crío. Ningún hombre, ninguna mujer, i.e., ningún animal es decente. La creencia en la decencia es el último consuelo de los hombres sin gracia, sin encanto. Su fe me repugna. Pero es entendible: necesitan de sus dogmas para poder abrazar su moral. La moralina del bufón. La reproducción par excellence de una cultura enferma, horriblemente alienada. Es en el seno de esa enajenación donde se les cae la baba por el botox y las siliconas, típica consecuencia de la ausencia de la elegancia. Estoy perdiendo la paciencia y pensar un poco más en ellos me haría vomitar. Me consuela saber que algún día tendrán que desaparecer del mundo, como todos.