viernes, 9 de diciembre de 2016

XXI

Qué es la religión, la religiosidad, y la mística. Me siento terrible al aproximarme a las entradas de estos antiguos templos. En el frontispicio de la religión, encuentro manchas de sangre seca; algunas gotas recientes, rabioso escarlata, brillando con furia al mediodía, y apagándose por la tarde. Alrededor hay cadáveres de todo tipo. Un olor nauseabundo impregna el aire de la arquitectura religiosa. Sin embargo las columnas principales todavía siguen en pie, aún con algunas rajaduras. Es imposible no percatarse de la cantidad de muertos que trae consigo desde su antigua peregrinación del odio. Me produce gran tristeza pensar la génesis del odio religioso, es decir la justificación del odio, que precede a la religión. Ese instante de ignorancia suprema, donde una voz osó alzarse por sobre otra, arraigando sobre sí toda una corriente de emocionalidad cavernícola frente al magnífico temor por lo desconocido. Allí donde nació el dogma, me animo a decir, nació el odio. Su vientre fue la ignorancia. Allí se gestó también el miedo. La fragilidad humana frente a la incertidumbre. La necesidad de fortaleza psíquica para poder acompañar la fortaleza física en aquellos momentos que demanden de una suma persistencia para la supervivencia. Quizás es la religión una consecuencia evolutiva para la subistencia por sobre el pesar, el tedio, el dolor primitivo de no saber. Si esto fuese así, ¿no estamos acaso ya listos para abandonar esa característica evolutiva? Aquello que pudo habernos funcionado en el pasado, puede ser superado en el presente. ¿Por qué, entonces, todavía arrastramos con aquellos viejos hábitos de la fe? Sólo rompiendo los hábitos podremos regenerarnos. Las nuevas generaciones, no repetir nuestros errores. Inventar los suyos. Avanzar. Evolucionar.

La religión como esa forma de pretención del volver a unirse, sólo adquiere sentido desde una perspectiva dualista de la existencia. Sin embargo, nada es sobrenatural. Lo sobrenatural no existe: todo es natural. Aunque apenas conozcamos el 4% de eso que podemos entender como todo, el resto, no deja de ser natural, por el hecho de concebirle existencia. El concepto de sobrenaturalidad carece de sentido. Es una trampa retórica o un artilugio literario, nada más. Algunos tomaron esto para hacer la realidad más soportable, inventando cuentos. Tomándoselo en serio o no: engañándose a sí mismos. Otros también se engañaron. Así nació la mentira. Pensando desde una negación del dualismo, todo lo que existe es todo lo que existe, esta tautología adquiere valor para remarcar que todo lo que existe tiene que ser todo lo que existe, lo que significa que todo es todo. Nosotros estamos incluidos en ese conjunto de totalidad, de modo que no hay nada a lo que volver a ligarse. Ya estamos ligados. La religión es un error.

La religiosidad, sin embargo, es una predisposición al mito. Una cercanía con la fábula. Una pretención de magia. Un acercamiento hacia nuevas posibilidades, que puedan condimentar las potencias de la vida. Una estimulación a las acciones cotidianas. Un combustible existencial para permitir una marcha hacia la muerte de manera amena. El mejor ejemplo es la religiosidad griega. No tenían religión estricta, porque no planteaban unirse a ningún sitio, ni alcanzar ningún paraíso; no tenían ningún libro de dogmas, nada de mandamientos. Sólo fundamentaban su cultura en base de tradiciones folclóricas que le permitían desarrollar una idiosincracia peculiar. Formar una identidad popular. Estimar una convergencia de principios comunes que le den rostro a una sociedad arrogante. Allí, la mentira en tanto mito, cumplía el rol específico de la explicación. El parche que cubre el vacío. El antídoto contra el horror vacui. La expresión mitificada de la necesidad de una respuesta. De la cultura que establecía entre líneas la necesidad de una respuesta. La cuna de la filosofía, a su vez, la madre de las ciencias. No obstante, la religiosidad siempre tierra fértil para la implementación de la religión. Siempre un espacio para hacerle lugar a la creencia, a lo vulgar, a la expresión de la debilidad humana: el carácter antagónico del conocimiento.

La mística, es la conciencia de la religión. El sentido del yo de la religiosidad. El heroísmo de la religiosidad se basaba en la propia figura como protagonista de la historia. Es el egocentrismo ciudadano, como ideal del protagonismo de una obra de teatro, o poema. La conciencia de la religión, su pluma, su expresión verbal a través de ensoñaciones nocturnas, que le permitieron fundarse en proposiciones dogmáticas que establezcan el espectro categórico del quehacer poético. La poética es la mística. Las figuras, los enlaces entre las ideas, las imágenes arribando a los pensamientos como visiones caídas del cielo. Las revelaciones ontológicas. La sensibilidad del delirio. La fragilidad del comunicado, en tanto mensaje personal, único, titubeante. Sin la poesía, no podría haber existido religión. Sin la versificación de las experiencias, no podría haber existido experiencia religiosa alguna. En el principio fue el logos, génesis de la creación religiosa. El discurso. La palabra. El verbo. La acción, de la que le siguió la expresión, que pudiera catalogarla «acción». La razón perfectible en épocas oscuras. El raciocinio que recién comenzaba a gestarse a nivel social. Aquel que apenas comenzaba a desarrollarse a nivel individual. El pensamiento estaba en pañales. El asombro, sin embargo, siempre fue adulto. Una sabiduría mayor expresada en los ojos del niño. Cuando el hombre y la mujer aún eran pequeñas criaturas en el tiempo de nuestra especie. La asombrosa percepción de ser en el mundo, que exigía una explicación, un pasar en palabras ese devenir interrelacional entre el sujeto y su hábitat.

Estamos inevitablemente solos, siempre. Desde el principio de nuestra existencia, hasta el final. Cuando arribamos al mundo, marineros del milagro, vencedores de una carrera fastuosa, solitarios en la multitud. Nosotros contra el mundo. Una tormenta de sensaciones nos atraviesan, nos penetran por todos lados, como un pulplo erótico a una geisha húmeda. Nadie nos asiste en la experiencia del nacimiento. La primera visión del mundo es una luz. No hay recuerdos concientes de los primeros momentos. Somos invadidos por otras conciencias de erizos, que nos lastiman en cada caricia. Somos inmediatamente colonizados por las sensaciones de los otros. Aculturizados por las influencias de nuestro entorno: mundo y personas. Nuestra predisposición genética ni siquiera nos pertenece. Somos la herencia de dos predeterminaciones. Somos ajenos. Somos un otro. Toda compañía es provisoria. La vida es única. Singular. La pluralidad es una contingencia. La muerte es inevitable. En ese instante de partida, no importa cuántas personas nos rodeen o tomen de la mano, en ese justo instante final, estamos solos. Partimos solos. Nadie nos acompaña hacia el oscuro reino, el viaje es en solitario. Venimos solos, y solos nos vamos. El acompañamiento en la travesía es una ficción amable. Ellos también están solos. Todos estamos solos. Nuestras soledades, acompañándose, nos generan el drama de la cercanía. Nuestras soledades, cercanas, nos generan la leyenda del romance. Todos, estando solos, caemos a la tentación sutil de creer que la soledad es imposible. Pero no hay nada más posible que la soledad. El Ser de Parménides, está solo. Somos parte de esa grandiosa soledad. La llama heraclítea, está sola. Somos la consecuencia de ese misterioso ardor. Seres que padecen un ardor antiguo. Una conciencia acalorada. Un padecer primitivo, caliente como el vientre de una estrella. Criaturas de pasiones finitas, naturalemente condenadas a cadena perpetua. Jaula de carne, cuerpo de puertas abiertas. Mediante la jaula obtengo la libertad de escaparme de ella. De volar. Carne estremecida, cálido recipiente de cariño. Mediante el cuerpo puede ejercerse la más noble libertad. La determinación del placer. Hacer de la existencia fútil, un reino de goces infinitos. Es así como establecemos en el mapa corpóreo, que las pasiones finitas contienen en sí mismas una sensación infinita. Esta es la paradoja del sentimiento. Pasiones que se extinguen, y que mientras duran, duran para siempre. El símbolo del falo radiante. El monte de Venus acalorado. Geografias dignas de ser exploradas más de una vez. Porque nadie se baña en la humectación del mismo cuerpo dos veces. El mundo nos espera en un abrazo fraterno y sexual, para proseguir, en soledad, con la obra melancólica de la evolución, indiferente a la vida y la muerte, altiva.  La arrogancia de la belleza consiste en la extrapolación de su fascinación hacia el sorpresa de la muerte. Allí florece la soberbia del deseo. La última expresión de la humanidad. La curiosidad por el otro. Por lo otro. La incentivación a conocer los límites del mundo, del lenguage, del cuerpo. Una apología al dolor. Un canto a la vitalidad.

jueves, 8 de diciembre de 2016

XX

A veces entiendo
a quien parte para siempre

En estas horas
donde la luz desaparece
donde la música se acaba
hay un silencio inquietante
se deja ver el vacío de todo.

Ahora también sé
me estoy predisponiendo a partir

lentamente, determinando
mi destino manchado
y un día abriré los ojos negros
y no lo pensaré, no pensaré más
simplemente me dejaré partir
-yo que no pertenezco a ningún lado-,
irme para siempre
al modo del águila que extiende vuelo
desde la lúa que lo porta.

lunes, 5 de diciembre de 2016

XIX

Grazna un pájaro negro
en una jaula

Yo, dice, y para decir
vuela

Gira el cuerpo caliente
en la nieve

Desciende, negro ocaso,
emplumado sol,

Sobre la pendiente
del sueño fresco

Grazna un pájaro negro
en una jaula

Es en el cielo
negrura, libertad, amor;

Recuerda en su encierro,
por las noches,

La blancura de sus fantasías,
las nubes sobre el períptero

Y llora en silencio su conciencia,
ese cielo que vuela alejado de él.

sábado, 3 de diciembre de 2016

XVIII

     Un hombre que no tiene patria es un hombre que puede pensar correctamente. Correcta es la forma de pensar que ataca al sistema establecido. Incorrecta es la sumisión política a un sistema que nos destripa los sueños lentamente, al modo de un cigarrillo desintegrándose al pasar del tiempo. El sutil veneno, aquel que legitima el sistema económico que también es político, mediante la inercia, y la pasividad política ciudadana, fuera de las organizaciones partidarias.

     La falta de energía del pueblo, ese conjunto de individuos, acalorados por lo cotidiano, se desprende de la cotidianidad política que los ataca constantemente. Están rodeados. La vida se transforma así en un campo de batalla. Los ataques continuos del enemigo debilitan la voluntad en las trincheras de los hombres y las mujeres que han decidido luchar; ahora, imagínenlo en aquellas personas que no lo han decidido.

     La fuente de la ignorancia, es la contrapartida de la  fuente de la sabiduría. Esta implicación por oposición parece obvia, pero adquiere sentido cuando observamos el lento perecer popular al que se sume una nación o el mundo.

     Civiles que optan por beber de la legitimación de un sistema absurdo. Difícil será encontrar las justificaciones de semejante accionar. ¿Posición de clase? ¿Ausencia de conciencia de clase? ¿Privilegios de la burguesía? ¿Estupidez cultural? ¿La norma de la tradición de prejuicios políticos funcionales al basamento económico del establishment? Las preguntas pueden continuar.

     Hay que vacunar al pueblo contra la inercia.

     La pasividad de los enfermos debe tornarse en la agresión del hombre sano. Las mujeres también deben ser guerreras. Ellas están despertando primero. El sistema socio-patriarcal está sólidamente unido al sistema capital-económico y político. Unidos por la voracidad, la gran cultura lxs oprime. Si queremos dejar de ser oprimidos por los mismos de siempre, década tras década, no queda más remedio que levantarse.

     Desde hace tiempo que hemos sembrado la semilla de la rebelión. Es hora de recoger sus frutos. Es hora de despertar rabiosos. Ansiosos de victoria. Pacientes de gloria. Destrozar al enemigo con la inteligencia y la inflexibilidad. Asegurarse el mundo. Conservar el terreno ganado. El primer terreno político es el cuerpo. Es la primera parcela de carne que hay que empoderar. Autogobernarse. Aplicar un sistema ético y político cuyas bases sean humanistas. Es decir, que incluya al socialismo y al feminismo. Que incluyan las luchas por la libertad y la justicia racionales. El comunismo científico tiene que retornar. El peso de la realidad tiene que derrumbar las espaldas de los grandes capitalistas. Los mitos, con los cuales nos han engañado largamente, deben desaparecer. Serán luego leyendas de realismo mágico que les contaremos a nuestros nietos. Las futuras generaciones tienen que estar preparadas para defender el mundo, de la tiranía de la ignorancia y el capricho. Aquellos ángeles oscuros que nacen de la ignorancia y la apatía, a raiz de una educación defectuosa y mítica.

     La chispa de la explosión total es la poesía.

     Extender el terreno de lucha de mi cuerpo al terreno que habitan los cuerpos, es menester. Autogobernarnos. Extender la justicia. Extender la libertad. Tenderle la mano a la razón, a las sensaciones de las cuales se emerge victoriosa el raciocinio de una conciencia nueva.

     La relaciones afectivas; la alimentación: lo personal es político.

     La lucha se extiende. La sociedad, ese conjunto de personalidades, se politiza. El sueño se cubre de estrellas que sueñan. ¿Qué lucha puede perecer, si el guerrero, todas las noches, aún después de la victoria, sigue mirando la noche estrellada? Ellas son el símbolo de la esperanza. En el vientre de esas mágicas perlas arrojadas al vacío, nos gestamos nosotros. Su vientre fue el caldo de cultivo de nuestra vida. Su brillo nos perló las pupilas de pequeños sueños de cantos y esperanzas. Su ardor, nos iluminó la senda de la lucha. Su fuego yace límpido en nuestros corazones, rebosantes de pasión alejandrina. Somos guerreros pero también somos poetas.

     Un luchador tiene que ser también un artista.

     La militancia formal implica la afiliación a una organización específica. La militancia informal implica la afiliación a la responsabilidad ciudadana, en el día a día. Ambas son sumamente importantes, y por ambas la cultura se transforma. Alcemos la mirada al horizonte, para abarcar todos los caminos. Todo lo que es personal. Todo lo que es político. El mundo que habitamos, el mundo que nos habita. Encontrar esa leve comunión entre los opuestos, es encontrar esa armonía perdida en el tiempo. Es conciliar a Apolo con Dionisos. La forma con la ebriedad. El cuerpo con la pasión. Emerger del mundo de las ideas, al mundo de la acción.

     Lucha y el mundo será tuyo. No te rindas jamás. A lo largo del transcurso de la existencia, los que ya se han rendido intentarán atraparte, convencerte por temor a ser abandonados por la evolución de la conciencia. No seas piadoso. No puedes renunciar a tu esperanza por el temor a la soeldad de los que ya la han perdido. Enséñales que todavía no es demasiado tarde. No abandones tus ideas, perfecciónalas. No busques la caridad, sino la igualdad de condiciones. El capitalismo necesita de la pobreza para existir. Es nuestra tarea construir un sistema que sólo necesite de la valentía y la inteligencia, para existir. No de la cobardía que excluye por temor a perderlo todo. Ahora es tarde para esos miserables de la sinarquía internacional: lo perderán todo. ES NUESTRO EL MUNDO, y nuestro será el acto de recuperarlo.

     Tú eres todos.

     Lucha hasta el final. Las pequeñas acciones son las primeras piezas del efecto dominó. Aunque el tiempo sea demasiado grande a tus pupilas. Tu sueño es demasiado grande a los ojos del tiempo.

     Cada corazón rebosante de sangre es un tambor que suena aguardando la victoria. Que tus acciones sean música. Que tus palabras sean prosa. Que tu verbo sea la razón. Que tu mirada sea ética. Sé humano, es tu deber serlo.

     Todos están también en ti.

     Lucha hasta el final.

sábado, 26 de noviembre de 2016

XVII

Varanus 

¡Ah!, ¡la sangre que aplaude!
¡Un recital de pasiones!
Mil cristos desangrados
en las pupilas de los ojos de azufre,
tierno elemento de la desintegración;
Luna quebradiza de verano
reflejando huellas de polvo en el
corazón
del monstruito silencioso que la mira.

Soy un silencio. Dice la sombra.
Dice la sombra que callemos
ante la enorme luz de ese satélite
que sintoniza todos nuestros desamores.

Sombra que sombrea pasiones,
cuyos ojos brillan cuando siente
la daga pálida que atraviesa a su mirada,
latente noche
y lluvia de rincones sobre la ciudad.

Hoy la música se rompe,
la Cruz se vacía, la sangre se seca,
cuervos de café se posan, altivos,
en los postes húmedos
señalando con el pico en cuarto creciente
las luces artificiales rodeadas por insectos.

Así yace la fresca noche solitaria,
ebria de estrellas
ansiando la perdición
en cuantas copas de ajenjo
o hidromiel hechizada
quepan entre sus párpados de canela,
en su piel candente de diciembre
en sus deditos de vidrio
pintados con pequeños besos nocturnos,
inmortales palomitas de vacío.

viernes, 17 de junio de 2016

XVI

     Erofilia
    
     En junio mis ojos tiemblan. Mi corazón que no sabe amar, ama. Nunca supo amar mi corazón. Mis ojos siempre fueron dos estrellas que pretendían mantener viva la cálida luz del pequeño fuego de la esperanza. Solitario en medio del abismo. Un corazón muerto en medio del espacio, todavía brillaba comprendiendo la eternidad. Todavía brilla comprendiendo a una mujer.
     Escuchando Discovering Lemongrassmusic por primera vez, dejándome sorprender por los sonidos, contemplo la sorpresa del silencio. El símil ausente de la posibilidad. La imagen tácita de todas las posibilidades. Frente al monitor mi mirada se contuvo temblorosa, antes de comenzar a serme palabra. Antes de emprender esta absurda imposibilidad transcriptiva. La sensación pura es la antítesis de la palabra. Soy un espiral ahíto en deseo que desciende al abismo con el corazón lleno de miel. Lleno de sus ojos. Lleno de esa calidez extraña que sólo atrae a extraños corazones. Te pienso. Me digo. Te recuerdo. Me digo. Mi decir siente. Te digo, me siento, me digo. Te siento, me estoy diciendo. No hay más palabras en el núcleo de los sentimientos nocturnos, pero encuentro verbos humedecidos en esta noche. Te siento, me dije. ¿Cómo expresar el tiempo desde donde el tiempo no es tiempo? Te amo. Te amo, me digo y me dije y te dije y me diré y nos diré y te digo siempre en cada palabra en cada aliento en cada adjetivo acariciándote el caparazón rojo de tu corazón pálido. De una luna nacen tus sensaciones. Todavía es de noche en este mundo...
     En tu cuerpo supe ver la ternura, el amor y la carne. Mis labios extrañan los tuyos, en esta eternidad fragmentada por el tiempo, detrás del velo de todo yo. En mí, hoy es siempre ayer, presente, y mañana. ¿Es que no extrañan tus labios aunque sea un céntimo los míos? Soy un extranjero perdido en el feroz bosque de este mundo. Soy un niño. La predicción de Zoroastro, que no supo sin embargo entrever mi corazón suicida. Soy también el niño Horus, que ama apasioandamente y amará apasionadamente a ti, mi apreciada estrella. A ti, mi cruz eterna. Mi llave al paraíso. ¡Y soy yo también tu llave! No temas. El tiempo es nuestro. Cuando nos conocimos nos supimos niños, juguetones pequeños en esta vida. En este destino en este mundo en esta noche. ¿Y no permanece el corazón aunque el corazón lata? Latir es movimiento, es fluir; somos un río de sangre, de pasión. Dejémonos llevar juntos al aniquilamiento del alma. Nuestro amor será nuestra destrucción que será nuestra creación nuestro principio y fin, la explosión de todas las contradicciones. La parálisis del movimiento y la quietud. El entendimiento que se esconde detrás del entendimiento. Los gatitos más sabios nos dicen: «acariciame, que yo soy la fuente de toda la sabiduría». ¡Oh Thot! ¡Oh Hathor! Hay que estar por delante del verbo. ¡Oh mujer! ¡Oh diosa de carne! ¡Oh tímida ninfa! Lejano nos es el juicio pero...¿qué sabemos nosotros de distancias? Tantas tiernas caricias te he regalado y tantas otras te regalaré, si me lo permites. Te obsequiaré también un amuleto para el otro mundo, un escarabeo turquesa donde también estará la fragancia de mi corazón antiguo. Quisiera abrazarte tanto... Quisiera que me abraces tanto...
     Una vez dije —¡hace segundos como si fuesen siglos!—: Siempre fui un extranjero... Un solitario. Un lobo tierno que camina junto a la luna perdido en la selva del sistema que nos destroza lentamente. Esperando ser devorado, descuartizado por el tiempo y la autodestrucción de un corazón oscuro. Mi carne oscila entre el aniquilamiento y el amor. Que en el fondo no es más que lo mismo.
     En estas noches malditas, ¡las antesalas del invierno!, el fantasma de un beso japonés te besa viajando desde Barracas hasta Balvanera. La suavidad del cariño te desgarra el alma. Espanta al miedo y ven conmigo al abismo del autoaniquilamiento, que si me tomás de la mano sabremos renacer juntos.
     No obstante un hoy, detesto la pasión al menos en la escritura. ¿A dónde me ha llevado ese padecer? Siempre me ha llevado al abandono. Como si no fuese suficiente ser un marginado. En la madrugada del origen de este fin de semana largo, me debato entre el ritmo de esta entrada que es una expresión: una melancolía apacible o una ferviente pasión. Por momentos es imposible indisociarlas. Pero mis movimientos son lentos cual los de un gato anciano. Mis tiempos suelen comenzar bajo el amparo de Saturno. Mis corazón rueda maltratado sobre los anillos sutiles de tan triste astro. Mi espíritu que es de carne y piel, mucha piel —así lo entendemos los descifradores de los códigos herméticos—, vaga en espirales por el universo. Perdido en besos infinitos. En tus besos. En el dolor de la nostalgia.
     Esperaré sin embargo todo el tiempo del mundo, si es necesario. Para estar a tu lado. Sé que nuestros túneles de realidad no están afinados en la unidad sagrada, pero una vez que se entrelacen, ¡porque ya se han cruzado!, seremos inmortales. Juntos en el pantano o en los cielos. Caminaría a tu lado aún si nos dirigiésemos al fin del mundo. ¿Dónde está el amor si esto no es amor? Lo digo yo que he sufrido las mil batallas en el tablero de la existencia. Peregrino de los desiertos del ánima. Cuánto ,cuánto, cuánto poder y cariño, cuánta sexualidad y suspiros, se ocultan detrás de nuestros ojos, de nuestros ojos que tiemblan de amor solitario en este mundo tan frío de muerte y abandono...Pequeñas estrellitas que brillarán por siempre aún estando muertas.

miércoles, 13 de enero de 2016

XV

     Diatriba contra los tartufos

     No han faltado en la humanidad las pécoras miserables que se abusaban de la ingenuidad y la inocencia del corazón; y, desafortunadamente para el buen gusto, nuestro tiempo no es la excepción.
     Habló ya Charles Baudelaire, en su prosa La moneda falsa, sobre este tipo de bufones, que pretenden encontrar un rédito personal de la miseria, incluso pretendiendo engañar a sus acompañantes, sin temer que éstos sean aún más listos, y terminen por descubrir el verdadero rostro que se esconde detrás de la hipocresía. Ninguna careta se resiste a la aguda mirada de quien sospecha de la gente. Pero lo llamativo de esta anécdota literaria, es que el embaucador justificaba su pobre acción, creyendo realmente en ella. Es esta la verdadera ingenuidad de quien pretende ser genuino. Y para nuestro buen gusto no se justifica semejante necedad. Aquella misma que termina por dañar a quienes honestamente se acercan a explorar el pantano, confiando en su capacidad para encontrar luz incluso en la miseria de la conciencia, al evidenciar la ausencia de tacto, una máscara vulgar, la moralina de la inmoralidad, la imagen, la representación de un equívoco católico, lo nocivo para los misteriosos ojos que se acercan con cautela, y más temprano que tarde, finalizan por descubrir un corazón podrido. Aquel que conoce lo absurdo de su irracionalidad, y no obstante la abraza, caprichosa y dogmáticamente, haciendo vomitar a Zaratustra, quien en Del árbol de la montaña desprecia a quienes arrojan de sí su amor y su esperanza, ¡su nobleza!, su heroísmo, al desertar de aquellos frentes en el alma en donde más se necesita la templanza y la ferocidad; convirtiéndose en meros destructores, insolentes, atañados de la burla, de los oropeles del libertinaje, del conservadurismo de todos los defectos, de la debilidad del espíritu (¡qué alguien los ayude a perecer!). De este modo, tras la pluma de Friedrich Nietzsche, expresa: calumnian todas las esperanzas elevadas, viviendo insolentemente en medio de breves placeres, ¡que sin embargo son egoístas!, fieles figuritas del individualismo capitalista burgués, al reproducir el interés propio de una creación que se entiende como tal, pero que se encuentra a años luz de serlo. Con las alas del espíritu quebradas por la sumisión a la voluptuosidad, fundamentando las inclinaciones del rebaño con una precoz filosofía juvenil o pseudofilosofía, digna de semejante malcriado, arrastrándose de un lado para otro manchando todo lo que roe; libertinos, juegan a ser, pregonando el horror y la pesadumbre que para ellos es el héroe, aquel que es capaz de decapitar al dragón, o a Medusa, o asesinar al Minotauro. Aquel que triunfa en las sombras de la conciencia. A quien desprecian porque no pueden triunfar, y antes de tener la suficiente valentía para enfrentarse a sus demonios, les tiembla el pulso y ceden, se arrodillan ante la humillación, sumiéndose en aquello que temen enfrentar, rindiéndose cual auténticos cobardes. Yo y mi espíritu japonés, alentado por el gran desprecio, los menospreciamos. Son la desgracia de toda lucha. Los que le rinden culto a lo humillante, los que hacen del sufrimiento un culto. Quizás por no haber sufrido demasiado, algo típico en los niñitos de la burguesía.
     Fascinados por la ignorancia, encantados por el oscurantismo, presumen de cuestionar ideales que ni siquiera comprenden, demostrando su incomprensión en patéticas letras que no hacen más que expresar, una y otra vez, su patética justificación del vicio y de la debilidad. Cayendo en un extremo, en el opuesto de aquello a lo que se dicen oponer: ésa es la otra moral. O cual he dicho en otra ocasión: hacer de la inmoralidad una moralidad. Semejantes farsantes no tienen el valor para despegarse de toda moralidad, y encarar la ética del corazón, de frente. Y como ellos no pueden pretenden arrastrar a todos a su propia miseria, quizás para no sentirse demasiado solos, o quizás para establecer que también existen otros igualmente basuras que ellos. Se sorprenden cuando los esquivan. Ilusionados, inventan un entendimiento, algo que los redima de la verdad. Son escapistas. Se escapan de afrontar su propia verdad, la niegan, como los predicadores de la muerte, para no tener que luchar, lucharse.
     La unidad universal, el Campo de Higgs, los análisis sistémicos de la realidad, no hacen más que evidenciar que la desunión es una ilusión. Pero la enfermedad del solipsismo ha hecho estragos en el pensamiento. Los delirios del buen burgués sobre el existencialismo le han causado mucho daño a la filosofía. La totalidad nunca persigue un fin. De lo contrario lo que es, no estaría equilibrado nunca: pues la energía nunca se pierde. Estos inútiles supersticiosos que necesitan de un fin, aquí, o allá, algo que sostenga la miseria, su desprecio por el otro: su antipatía que causa daño a quienes hacen el esfuerzo de quererlos. Pero nadie con dos dedos de frente insiste en tropezar con la misma piedra dos veces. Útiles pasiones las de su obrar: el basamento sofista de sus propias existencias. Falsa ambigüedad.
     Son los carniceros que pronto se extinguirán. Al menos según las predicciones del transhumanismo, entre el 2049 y 2071, en La era de las máquinas espirituales. Ya no tendrán en donde meditar. Si les da el pulso, serán asesinos. De lo contrarios, su cobardía se desnudaría espantosa. Desafortunadamente, para ese entonces estarán muertos. Pequeñitos inservibles esclavos del deseo y la pasión. Jamás supieron domar esas fuerzas que esclavizan a los hombres. El pleno padecer, el rendirle devoción a la inarmonía, cual si tal cosa existiese. Ficción del subjetivismo.
     Si no son agotadores ellos mismos para sí, fantasmas descuidados adictos a la merca, menos lo serán para nosotros, que apenas les echamos ojo para despreciarlos. Jamás serían capaces de animarse al ardor de una mujer con todas las letras, de una hembra que haya conciliado el último ideal: El matrimonio del cielo y el infierno.
     Es necesario que hoy revindiquemos que podemos conocer aquello que llamamos 'nosotros mismos'. Que aunque fluya el río y no sea el mismo, no deja de ser río. Empero no hay que ser un timorato ignorante. Con el temple de un músico, tenemos que establecer el leitmotiv de nuestra propia sinfonía. Allí radica el inicio del conocimiento. En cuyo primer paso comenzamos a establecer: esto es la creación. En el acto mismo de crear, dilucidamos nuestra existencia, la transitoriedad total de nuestra existencia, el devenir de nuestro existir, que sin embargo no deja de ser un Yo, del mismo modo que el río no deja de ser río, hasta que se seque. Así como el matemático en su arte encuentra los patrones en la sucesión de Fibonacci, nosotros mismos debemos hacernos cargo de nosotros mismos: y encontrar nuestros propios patrones de nuestro propio número pi: que sin embargo es el mismo para todos, ¡pues allí se hace posible la creatividad! De este modo es deductible decir: podemos dirigir nuestros propios sueños y nuestros propios deseos. A menos que carezcas de creatividad y, por supuesto, de actitud belicosa.
     'Inconsciente' nombra lo oculto. Lo que yace oculto por debajo de lo que es conciente. ¿O quizás lo que yace por encima de lo que es conciente? ¿O es que semejantes opuestos no son más que lo mismo? Como es arriba, es abajo. Dicho esto, si uno es conciente, si realmente lo es, ¿cómo podría, entonces, ser "sorprendido" por el inconsciente? Si es sorprendido, significa que no es conciente. Entonces es un inconsciente. ¿El inconsciente sorprendiendo al inconsciente? Algo así como el imbécil insultando al imbécil. Una querella de manual en el rebaño. De aquellos que sólo son hablados.
     Yo es otro, es unidad. Otro, soy yo. Es totalidad. Por ello somos pensados, quienes nos arrojamos a ese abismo de luces. No quienes fantasean con el abismo sin haberlo conocido: jugando con supuestas rosas vírgenes e imitando a los maestros. Plagiando sus corazones.
     No sólo somos elegidos por la poesía, como creerían los imberbes, sino que al mismo tiempo la elegimos a ella. No hay otro modo en lo Uno. De este modo estamos condenados a ser libres. No hay sufrimiento sino pesar. La diferencia radica en la voluntad. Cual aquella que es capaz de poseer Sísifo, en lugar de doblegarse. Hay allí una elección. Y no hay desconcierto posible para quien se descubre vidente. Para quien ejerce su palabra por delante de la acción.
     Estas criaturas, que no son más que reemplazo y sustitución, que nada entendieron de los versos decadentes, simulan su entendimiento y pretenden imitarlo, terminando, por semejante falsedad, no más que imitando una imagen falsa, o exagerada de los defectos, a modo lúdico y banal, a estas criaturas hace alusión Camille Mauclair cuando ataca la peste del baudelarismo, y explicando minuciosamente por qué el mismo Charles despreciaría a estos tartufos que pregonan la altanería y el asqueroso dandysmo.
     No hay paradoja en el yo. Sólo ilusionismo. Un error cognitivo. La intimidad no titila cual una estrella lejana, muy por el contrario, como la Luna, canta en silencio una melodía pálida que sólo puede ser oída en el corazón de la noche, por los hijos de la noche. El espejismo proyectado por un sueño soñado, refleja la ausencia de la capacidad para soñar. Nadie que sepa de la intimidad, no puede soñar. El ajeno que no descansa, ése es el uno mismo: quien teme descubrirse a sí; descolgar la máscara frente al espejo de su baño.
     YHWH: Yo soy el que se trabaja a sí mismo. O, lo que es lo mismo: Yo Soy. En esa determinación poéticamente divina, se expresa al mismo tiempo la unidad, la totalidad, lo uno, el otro, y el yo, incluso todo, y nada. Muerte, y vida. El arco y la lira. Los supuestos opuestos. Somos nativos y extranjeros siempre. Todo ésto es lo que significa Je est un autre. ¿Se atreverán, sin embargo, estos imitadores del decadentismo, romper algún día las cadenas, rebelarse contra su propia esclavitud? ¿O es que acaso vivirán hasta la muerte temiéndole al desierto?...
     El sentido común jamás reduce al otro como un desconocido conocido: siempre el otro es el desconocido. El conocido siempre es uno, y más conocido es, por lo tanto, quien más cerca esté a ese uno. El sentido común no persigue a nadie: sólo persigue deseos. Es el perro y su sarna. El hámster y su rueda. 
     Para quien se enorgullece de su propia ignorancia, quien pone en un altar el oscurantismo, lo desconocido debe permanecer intacto. Inmaculado, cual un santo del cristianismo. Pero ese hacer pensar que experimentan no es más que un velo del más profundo pensamiento. Porque no piensan. Sólo se regodean entre sombras, entre balbuceos y retórica medieval, que acrecienta el propio orgullo y la necia capacidad de aceptar críticas. El cobarde jamás está dispuesto a luchar. Por eso establece dogmas, y los defiende condenando, señalando mediante su falso arte, el gran engaño, el signo de interrogación en el otro, en los otros, que ponen en tela de juicio su charlatanería. Así, engañando, es como suponen alojar a lo desconocido, casi astuto eufemismo para abrazar el oscurantismo retrógrado.
     La única potencia subversiva que importa no la que se des-sujeta del sentido común, sino aquella que lo destruye. Y no sólo al sentido común, sino a esos otros sentidos que no hacen más que manchar de mierda el camino de la nobleza guerrera, que sin parpadear los decapitaría en el frente de batalla.
     El derecho de la recepción de lo otro, o de la diferencia, es lo obvio que omiten las conciencias separadas del mundo. La experiencia de lo irreducible es la sensación de lo infinito, lo que se resiste a los divagues de los charlatanes que aspiran a crear al menos una canción talentosa en sus vidas neoliberales.
     Tautologías sin sentido. Y aún así, pregonan sobre lo misterioso, ¡aquello que tanto desearían conocer!, si tuviesen el valor de hacerlo. Lo arrojado desde ese algo que estos pobrecillos llaman 'nada', metafísica de bazar, donde lo impersonal no es más que una aspiración intelectualoide, irónicamente desprovista de razón, en lo cual lo desquisiado no es más que una pose, una posición de lo que vive fuera de sí, sobre lo que ellos no se animan a clasificar. Conocidos y contaminados, engañados por su propia miseria. Si tuvieran algo de dignidad, se ahoracrían con su propio cinturón, como Nerval, en un oscuro callejón de la capital.
     Nadie es puro. Nadie es impuro. La pureza no existe, porque existe lo Uno. La unidad. En ese espectro ideal de la separación, del desligue, en la idealización de lo alejado, es donde existen las clasificaciones arbitrarias de lo impuro y la pureza. Calificativos de un crío. Ningún hombre, ninguna mujer, i.e., ningún animal es decente. La creencia en la decencia es el último consuelo de los hombres sin gracia, sin encanto. Su fe me repugna. Pero es entendible: necesitan de sus dogmas para poder abrazar su moral. La moralina del bufón. La reproducción par excellence de una cultura enferma, horriblemente alienada. Es en el seno de esa enajenación donde se les cae la baba por el botox y las siliconas, típica consecuencia de la ausencia de la elegancia. Estoy perdiendo la paciencia y pensar un poco más en ellos me haría vomitar. Me consuela saber que algún día tendrán que desaparecer del mundo, como todos.