jueves, 24 de febrero de 2011

VI



              Ababol

         Crece entre sembrados y mieses la amapola,
         De la primavera en la cuna floja descanza
         Decidida y sola sin saludar ni decir hola
         Como falso Dios señala en nube rojä ultranza.

         Y el opio de tus sienes te saludan y te invitan
         Al teatro que no vienes ¡pues es que allí radicas!
         ¡Oh, mal reparto a tutiplén donde las marionetas silvan!
         Ya dan abasto a granel y por doquier con estúpidas creencias te salpican,

         ¡Sucias y débiles sus salivas! Por fuera transparentes,
         Por dentro hipócritas y pseudo-independientes,
         ¡Furcias débiles y sumisas! ¡Necias! ¡Incendiad las camas y las iglesias!

         ¡Alienados! ¡Cantáis vosotros al compás de la epilepsia!
         Yo ya vengo, daré un paseo por el infierno,
         Que a éstas alturas, desde aquí sólo veo un averno.

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     «El malvado siempre es sexy, los buenos apestan.» Díjome una vez un amigable mas no sociable demonio. Porque es que en verdad ni los buenos ni los malos existen, empero y por eso, los buenos son no sólo falsos sino grandes cosechadores de la hipocresía y la aburrida mentira, ¡Pues sí! ¡Aburren como los cuentos de la tía! Mientras el malo, juega con la maldad y ayuda con su genia bondad, lastima y sana, como cristiano Dios de antaño, sólo que éste y no Dios, es su creador, ¡el único, el original, no cómo el invisible amigo tacaño!

     ¿Dónde están los muertos, dónde está el rebaño? ¡Allí los veo, allí los veo! Allí y acá, flotando en el abacá.

     «Lo que no te mata te hace más fuerte, y lo que no te hace más fuerte te hace más fuerte aún.» Díjome una vez mi álter ego, pues Dios ha muerto, eso ya lo sabemos.
     Lo hemos asesinado, ¿quién más? Si no quienes lo hemos creado; aquellos santos ascetas que en el cielo en paz descanzan sin ver tetas.

     ¡Dios murió en la riña!... Es ésto, poesía en una sóla línea.

     ¡Oh!, colegas, no seáis tan realistas, que moriréis sin chispas, con penas y lástimas, como naturalistas, como averroístas.
     ¡Oh!, compañeros de la plebe – ovejas del relieve, lobos de la nieve; ¿por qué sois tan asquerosamente débiles? ¿Por qué necesitáis de la baranda para ascender: al cielo del alma? Vosotros que creéis ser tan maduros, por el trabajo duros, muy adultos, ¡tenéis, por todos los cielos, como niños, un amigo invisible! Sólo que éste, como ha dicho Daniel (con un toque de miel), a diferencia de otros, no te conduce al psicólogo. ¡Gran amigo entonces!
     A ver, compañeros de la plebe y del deber, para encontrar lo buscado es necesario primero perderlo absolutamente, dice el aforismo, ¿entonces? ¡Pierdan a su Dios, imaginario Dios! ¿Y entonces? Encontraránse con ustedes mismos, pues cada uno de ustedes, en su interior... es su Dios, su verdadero Dios. ¡Oh, fuente de poder y de luz! ¡Lucero, Venus, alumbra de par en par y de dos en dos!

        18 de septiembre de 1890
     La flecha en llamas ardía... yacía penetrando en el corazón de la primavera y sangraba como loca arteria aorta, pues mucha sangra largaba. Hojas muertas reposaban en la tierra rojiza, ruborizada en jadines, flores y yazmines. Crecían de la epidermis del estío hermosas rosas de cristales de rubíes, eran aquellas las fechas del amor y el fogozo carmesí.
     Alas y plumas flotan junto al viaje y deslízanse por los valles de sus várices, y cansados y sin ganas aguardan las abacerías, ¡pues allí vienen las hermanas, que le cantan a las estrías! Oh, Santa Ana, ¿y dónde está la caridad que tú emanas? Lleváronse lo los fuertes aires de las palmeras y las playas con sus partículas de arena hacia las pobres tierras del Sur.
     Falsa fundación que rebalsa las mentiras de la canción, ¡santa vergüenza de las liras del amor! Robótica y robusta es la fábrica que con enfermas paredes encierra la semilla de la inyección, la falsa ilusión del paraíso su proyección.
     Dios no ejerce la protección.
     Escuchen a los muertos, que aunque entre lápidas descansan..., ellos también cantan.
     ¿Oyen los ecos del panteón?

         El cubo se ha marchado, allí sólo hay un cuadrado.
         Cuatro líneas y un final, no hay aquí algún ser amado,
         Sólo mucha miel y un panal, abejas ciegas y un avezar:
         Ver a oscuras y entre sombras y luces a amar.

     Avésticos murmuros me susurran, lo que no han dicho, quienes aprendieron a estrellas con ábaco contar – bellas épocas aquellas; avícolas regiones claman el escuche, de los hablas y los dichos..., los secretos del estuche.

     Y sin asco y sin temor, así lo dijo el español:
         «y los libros hablaban y hablaban
         pero Dios iba diciendo
         pronto se acabará el mundo»

viernes, 18 de febrero de 2011

V



              Apócrifa existencia

         Sabio prado sin caminos, foribunda demencia
         Corona el horizonte -mesurado en airadas llamas-,
         Cual cruel y agonizante: moribunda vivencia;

         Y con de plata monedas dona Caronte a aquellas furcias damas
         El sentido del camino y el paso del andar,
         Para entretener aquellos falsos viajes entre aquellas sucias ramas

         Que desprecian los puñales del viajar,
         Que adoran la tristeza de la noche, la nostalgia de la luna y 
         Lloran las ansias del matar.

         Maldición de maldiciones impregnan los dioses: la resabia de la cuna y
         De la indigna simiente.
         Sacro cobre brilla como el oro en la rabia de la duna y

         Despierta por sobre las arenas como muerto viviente
         De las tierras, y arraza como huracán enfurecido
         Que el dolor de la pura natura vive y siente.

         Irascibles pesadillas invaden el éter del sueño,
         Pues esto no es vida, es el deceso de la ida del jamás verte;
         Que con monstruos y demonios fragmentan el empeño.

         Y qué vale más que el despertar para volver a verte o jamás verte?
         Y mientras santos y dioses talan del fallecimiento el leño,
         La falena en la vela arde soñando ya con la pureza inerte de la muerte.

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     La sorpresa de quien duerme eternamente bajo pesar latente, no es. Sólo solo descansa bajo el cielo hiriente. La sorpresa es mía, bellamente pertenéceme, mas ahora fuése pues en dolor parece que perece, como crudas lanzas penetrando en peces. Horror majestuoso. Cual brutal erupción volcánica estallaron mis ignotos sentires para ser absorbidos por la profundidad del pozo. Terror majestuoso. Vislumbro a través de las lágrimas ígneas de mi alma ignita del aljibe el sollozo. Inevitable es la defunción del ensueño. Eterno sueño.

     No encuéntrase hoy aquí la suerte de Ifigenia. No hánse encontrado hoy el lepidóptero y la crisálida. Un valle de ninfas muertas tiñen mis pensamientos, para cocinarse éstos en la lumbre de mis nubes. Y mientras descansan cenizas en la cumbre, la dura y gran montaña de la vida flaquea. El ceniciento alado ignívomo de cólera y pasión con sus bellas líneas la zarandea. Y sumergido en alucinaciones de mágico fresco raudal caigo muerto por la bestial desembocadura de aquel caudal, flotando entre invertebrados, con cuerpo raudo y quebrado; vivo para ser odiado o para ser amado.

domingo, 13 de febrero de 2011

IV



         Veraz lluvia a mi soledad perla,
         Y pestiños reflejos reflejan los mil millones de cristales,
         Mientras mi perpetua soledad fría y húmeda despierta.

         Maldigo la maldad en el existir de la perennidad,
         Que estos ardientes níveos sentires hacen que yo sienta, pues
         Maldigo la oscuridad en el vivir de la eternidad.

         ¡Maldito tiempo, que provocas mi sufrimiento!
         Oh... no pertenezco a este mundo,
         Pues desdichado y solo me encuentro.

         ¿A dónde pertenzco, quizás a algún bosque de fresnos?
         Desearía, con frío estilete, el corazón atravesarme,
         Tal vez así pueda habitar en este mundo de sentires frescos.

         ¡Oh, mundo hermoso! cuántas lágrimas vuestras nubes han vertido,
         Cuántas almas solitarias en el calabozo del encierro han muerto y
         Cuántos ríos de llantos fríos han corrido.

         Cuántos corazones muertos sin amar habrán vivido, y
         Cuántos corazones vivos sin amar han muerto.
         ¿Cuántos verdaderos amores no correspondidos han sufrido?

         Y cuán grande es el dolor de haber ido y jamás haber volvido.
         Perla del olvido, diamante de diamantino.
         ¡Sufre, beso purpurino, sufre!, el veneno de la vasta añoranza y la fiebre del desatino.

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     Desconocido nado contra corriente en un vacío mar de gente que no siente.
     Andan por andares y doquieres, en pie mantenidos por el simple latir del puño carmesí.
     A veces, puño frenesí; de violenta ceguedad casi bordeando los límites de la maldad.
     Vehemente terquedad, infantil seriedad.

     Y ahora soy yo el que no siente, frígida criatura nocturna de extraño sentimiento latente.
     Y de lascivos colmillos amorales os digo, ¡me defeco en vuestros males! y me repugnan vuestras
                                                                                                                                                   [mentes.
     Bajo el ardiente sol ardo, y los espero en el rabioso crisol de mi corazón pardo.
     Después de todo, soy sólo un maldito bardo.

sábado, 5 de febrero de 2011

III



         El sol irradia el calor,
         El calor irrada el sol
         Como al corazón
         Irradia el amor.

     Y las estrellas que aún muertas, brillan, arden y gritan y nuestra alma visan. Con extrañeza nos sonríen, secan nuestras lágrimas y difuminan la tristeza pasajera que facinerosas situaciones nos donan. Mas mientras nos despiden cuando estamos tristes, hundidos en la melancolía y la nostalgia, cantan como cisnes.

     ¿Y acaso vuestra esencia del ser, la vida y lo que podemos ver, no os dicen que hechos de polvo de estrella estamos? Pues, en mayoría, de las pequeñas brillantes parecemos sólo su afonía. Pero no os desesperéis, que aún siendo de noche algunas brillan de día.

     Sensaciones fragantes desplegan sabiduría elegante, mas también gusto a brebaje desplega la pseudo-sabiduría tajante, como siempre de tediosidad pujante.

     ¿Cuántos bríos posee el amor por algo inexistente, por alguna falsedad, por una picardía humana de oropeles serios? A simple observar parece que su energía es fuerte, pero no es más que cobre aparentando ser oro. Y aunque el garbo del andar es sólo ficticio, sólo la luz del razonamiento y las ávidas palabras pueden desenmascarar la falsa gallardía de quien profesa tan insultante –para el amor– amor.
     ¿Qué diría –por ejemplo– el ágil y tierno tordo estornino si le delimitáramos el aire de su volar mediante sucias banderas fronterizas? ¿Dónde está la aunque sea imaginaria libertad de pertenecer al mundo entero, pues porque en él nacimos? ¿Qué es eso –¡por todos los dioses!– de llamar "patria" a un pedazo de tierra, a un fragmento de este planeta? Ojalá los animales no entiendan esto porque ya comienzo a sentir la vergüenza. Tan burda y vulgar es a veces la necesidad del humano que lo lleva a realizar las sutiles como delicadamente sucias e hipócritas acciones; mendiga bajo el imperativo de la idiotez. Parla y parla el hombrecito, que no es verde como el loro pero sí verde como el moco, podrido como la banana que abandonó el mono; habla y habla el señorito y sus palabras, desgastadas, bracean en un espeso aire de hablerío y libre albedrío. Estos señores realmente están convencidos de su vigor y de su razón; adultos, muy maduros y divorciados, distanciados, ¿qué saben éstos del amor y del corazón? Muy anclados en el sistema, atados, ¿qué saben de aquel pajarito que aún no tuvo la pesadilla de volar en un cielo delimitado por fronteras, un hermoso cielo celeste representado por coloridas banderas?
     Mujeres preocupadas por su apariencia, como de serpiente conciencia, y hombres que como monstruos de dos cabezas sólo existen y alzan pesas, parlan, charlan y conversan sobre política nacionalista como grandes pilotos conocedores de la pista, y no se dan cuenta que siempre pronuncian las mismas falaces de antaño y hogaño. Pero si ya díjose que luchar contra la estupidez es en vano hasta para los dioses..., pues entonces, ¿para qué diablos escribo todo ésto?, pues sólo para dejar un pequeño y humilde legado, el resto será historia e historia será, escrita por nosotros y vigilada por el dios Rá.