domingo, 13 de febrero de 2011

IV



         Veraz lluvia a mi soledad perla,
         Y pestiños reflejos reflejan los mil millones de cristales,
         Mientras mi perpetua soledad fría y húmeda despierta.

         Maldigo la maldad en el existir de la perennidad,
         Que estos ardientes níveos sentires hacen que yo sienta, pues
         Maldigo la oscuridad en el vivir de la eternidad.

         ¡Maldito tiempo, que provocas mi sufrimiento!
         Oh... no pertenezco a este mundo,
         Pues desdichado y solo me encuentro.

         ¿A dónde pertenzco, quizás a algún bosque de fresnos?
         Desearía, con frío estilete, el corazón atravesarme,
         Tal vez así pueda habitar en este mundo de sentires frescos.

         ¡Oh, mundo hermoso! cuántas lágrimas vuestras nubes han vertido,
         Cuántas almas solitarias en el calabozo del encierro han muerto y
         Cuántos ríos de llantos fríos han corrido.

         Cuántos corazones muertos sin amar habrán vivido, y
         Cuántos corazones vivos sin amar han muerto.
         ¿Cuántos verdaderos amores no correspondidos han sufrido?

         Y cuán grande es el dolor de haber ido y jamás haber volvido.
         Perla del olvido, diamante de diamantino.
         ¡Sufre, beso purpurino, sufre!, el veneno de la vasta añoranza y la fiebre del desatino.

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     Desconocido nado contra corriente en un vacío mar de gente que no siente.
     Andan por andares y doquieres, en pie mantenidos por el simple latir del puño carmesí.
     A veces, puño frenesí; de violenta ceguedad casi bordeando los límites de la maldad.
     Vehemente terquedad, infantil seriedad.

     Y ahora soy yo el que no siente, frígida criatura nocturna de extraño sentimiento latente.
     Y de lascivos colmillos amorales os digo, ¡me defeco en vuestros males! y me repugnan vuestras
                                                                                                                                                   [mentes.
     Bajo el ardiente sol ardo, y los espero en el rabioso crisol de mi corazón pardo.
     Después de todo, soy sólo un maldito bardo.

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