Apócrifa existencia
Sabio prado sin caminos, foribunda demencia
Corona el horizonte -mesurado en airadas llamas-,
Cual cruel y agonizante: moribunda vivencia;
Y con de plata monedas dona Caronte a aquellas furcias damas
El sentido del camino y el paso del andar,
Para entretener aquellos falsos viajes entre aquellas sucias ramas
Que desprecian los puñales del viajar,
Que adoran la tristeza de la noche, la nostalgia de la luna y
Lloran las ansias del matar.
Maldición de maldiciones impregnan los dioses: la resabia de la cuna y
De la indigna simiente.
Sacro cobre brilla como el oro en la rabia de la duna y
Despierta por sobre las arenas como muerto viviente
De las tierras, y arraza como huracán enfurecido
Que el dolor de la pura natura vive y siente.
Irascibles pesadillas invaden el éter del sueño,
Pues esto no es vida, es el deceso de la ida del jamás verte;
Que con monstruos y demonios fragmentan el empeño.
Y qué vale más que el despertar para volver a verte o jamás verte?
Y mientras santos y dioses talan del fallecimiento el leño,
La falena en la vela arde soñando ya con la pureza inerte de la muerte.
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La sorpresa de quien duerme eternamente bajo pesar latente, no es. Sólo solo descansa bajo el cielo hiriente. La sorpresa es mía, bellamente pertenéceme, mas ahora fuése pues en dolor parece que perece, como crudas lanzas penetrando en peces. Horror majestuoso. Cual brutal erupción volcánica estallaron mis ignotos sentires para ser absorbidos por la profundidad del pozo. Terror majestuoso. Vislumbro a través de las lágrimas ígneas de mi alma ignita del aljibe el sollozo. Inevitable es la defunción del ensueño. Eterno sueño.
No encuéntrase hoy aquí la suerte de Ifigenia. No hánse encontrado hoy el lepidóptero y la crisálida. Un valle de ninfas muertas tiñen mis pensamientos, para cocinarse éstos en la lumbre de mis nubes. Y mientras descansan cenizas en la cumbre, la dura y gran montaña de la vida flaquea. El ceniciento alado ignívomo de cólera y pasión con sus bellas líneas la zarandea. Y sumergido en alucinaciones de mágico fresco raudal caigo muerto por la bestial desembocadura de aquel caudal, flotando entre invertebrados, con cuerpo raudo y quebrado; vivo para ser odiado o para ser amado.
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