La fe y la esperanza son una porquería. Una tierra lánguida: la única que podría habitar un imbécil. ¡La patria!, el impulsor moral de una sociedad corrompida.
La burguesía desde el inicio de la pugna de clases lo ha contaminado todo. Su ambición, personalizada en una fracción siempre minoritaria ha ejercido los rudimentarios papeles de reyes en una obra de teatro abyecta. La vida. Invisible a la humanidad. – Junto a su avaricia, en mano de un egoísmo vulgar en los más altos rangos de la despreciable aristocracia, han logrado sustentar antaño los cimientos de la enajenación popular en todas las esquinas del mundo. ¿Cómo? Pluralizando mediante los zócalos de una moral de tintes bíblicos y a través de sólidas leyes eruditas unos intereses personales cual patéticas individualidades elevadas a la potencia. En efecto, lo que a mí me conviene, será ley; lo que a mí me atañe, debe ser universal. Y como si toda esta bazofia no fuese suficiente, predican a cómplice silente una doble moral austera: no robarás, dicen, y roban. Mas he aquí, como en la concepción molesta de «patria», que hay que diferenciar los tantos. Pues por supuesto, no es lo mismo Oliver Twist que un banquero neoliberal. Y en base a esta indiferencia subliminal, un discurso sobre un pedestal ilusorio (porque la legitimidad no la establece el saco y la corbata, sino el pueblo en su conjunto). Discurso ético que propugna la lucha infantil entre el bien y el mal, como si tales parábolas fuesen algo más que mera literatura malinterpretada. En consecuencia: las cárceles. Mas ahora sí, quien roba una manzana en una feria para comer, será castigado por la ley en caso que este fuera pescado, y si no lo fuera, perviértesele la conciencia a sapiensa epidérmica de que está haciendo algo mal, lo que no se debe; cual la condenada de Eva por su curiosidad, exacerbando la sádica pena del Señor (una deidad bastante machista, a propósito, como para haber creado en su segundo intento a la mujer de la costilla del hombre). El pecado nació de la pena. ¡El pecado! ¡Qué pena! El único pecado es su propia existencia en abstracto, ¡el pecado es un pecado! – Y sobre la obra de teatro vil, permítaseme compartirles este hermoso fragmento de Sir William Shakespeare:
Caballeros, el tiempo de la vida es muy corto, pero gastado ese breve plazo cobardemente, sería demasiado largo, aunque, cabalgando sobre la aguja de un reloj, la vida se detuviera al cabo de una hora. Si vivimos, vivimos para hollar cabezas de reyes; si morimos, ¡hermosa muerte, cuando príncipes mueren con nosotros! Ahora para nuestra conciencia, bellas son las armas, cuando se levantan por una causa justa.
Bellísimo, ¿verdad?, los cráneos de la monarquía pederasta han dejado sus vestigios de sangre en nuestra Tierra en siglos pasados, no obstante hoy, los oropelosos maniquíes que existen sobre tierra no son más que decorado en vidrieras orgullosas.
Respecto a los banqueros, serían al menos ágiles y audaces si no nos diésemos cuenta, y cuando les desvelamos, resulta que su juego era demasiado sucio. ¡Repugnancia! Decía ya, mi amigo Petrus Borel: comerciante y ladrón son sinónimos, un apartado de "Noticia de Champavert", de sus Cuentos Inmorales, que comienza con las siguientes lúcidas palabras:
Un pobre que sustrae por necesidad el menor objeto es enviado a la cárcel; pero los comerciantes, con privilegio, abren tiendas al borde de los caminos para esquilmar a los transeúntes que se proveen de ellas.
Sería un enorme placer para mí transcribir el apartado entero, pero ya tienen la fuente, y espero, les sea suficiente.
Toda moral burguesa, del establishment, aquella que por inercia y necedad, cual cola al barrilete estampada, sigue a la facciones de derechas, es una estupidez. Ya que es por naturaleza contraria a todo progreso, útil sólo para quienes juzgan desde cómodos asientos institucionalizados por un poder de monopolio. Empero útil para ellos no más que como un engranaje que tritura en la máquina capitalista todas las libertades. Porque, desde ya, toda moral es un establecido. Un algo grabado, sea ya cual un mandamiento en la Biblia, o un imperativo categórico en la consciencia colectiva. Y es allí, en el seno del molde de la ley, digamos, informal (sea la ley formal la jurídica), que se evapora tal un cigarrillo el sentimiento y la sensibilidad. Que sin duda existen, pero son practicamente efímeros. Puesto que una imposición de cualquier índole, un mandato externo, hace sólo más que concretar la fuga del pensamiento y el sentir, porque claro, ¿para qué profundizar los abismos del pensamiento y los océanos sentimentales para develarnos cuando, en efecto, poseemos una moral establecida que ya ha sido pensada y sentida por otros?, damas y caballeros, es aquí cuando, sin duda alguna, podemos afirmar que el sistema dual (capitalismo/heteronorma) suprime la facultad primordial, en términos metafísicos, de la mente y el corazón, y, sobre todo, promueve la pereza de intelecto. No obstante, señores y señoras, la ausencia de moral es similar pero no equivalente a la muerte de Dios. Nada tiene que ver con aquellos perezosos que alegan que, tras su sacra muerte, todo está permitido. Falso. Hay mucho por descubrir en el cosmos, en la conciencia del hombre y la mujer, en la divinidad humana y en su naturaleza ambiental; mas, para nada, caer por ello al averno de la ignorancia fútil. Mientras que, con la ausencia de la moralidad se experimenta algo similar en tanto no es ella el derrumbe de la tierra en la cual ponemos pie, sino más que los basamentos ónticos en los cuales nuestro ser navegaba. Es decir, no se derrumban en lo absoluto nuestros caminos hacia el horizonte, hacia tierras lejanas y desconocidas; nada se destruye de modo concreto que pueda llevarnos a un infierno de inmoralidad o ausencia absoluta de moral ética alguna, puesto que así como el humano es un animal racional y político, es, en consecuencia, un animal ético. A fin de cuentas la inmoralidad como un acusativo es un halago, siempre, porque quien es capaz de semejante señalización es evidentemente un burgués, es decir un idiota, puesto que para él todo aquello que se le escape de su preciada moral añeja, será, efectivamente, inmoral. Ahora bien, cuando pasa de ser un acusativo a una vestimenta adoptada como propia, es una tontería. Porque la inmoralidad, en ese caso, no es más que otra clase de moral, fundada, claramente, en vistas y a expensas de su moral antagónica, lo que es, la moral primigénea: la moral del bien, la llamada simplemente moral, y, por otro lado, diametralmente opuesto a esta, la moral del mal, es decir, la inmoralidad. Fuera de todas estas infantiladas, el humano, por ser esencialmente ético (esencial en un sentido aristotélico, no platónico), vivirá a cada instante su moral, su inherente moralidad. Es que al fin será libre, desencadenado de la opresión, se alzará su espíritu de águila y de cóndor a la par del fuego de Prometeo elevándose altivo de la montaña nívea. En dicho Nuevo Mundo, la Biblia será sólo un libro de museo, y toda imposición externa a cada particular y peculiar individualidad socialista, será un motivo de burla, de chiste, de gracia. Ningún imperativo sellado en concreto en algún documento, o en abstracto, impregnado en el éter común, será tomado en serio, ni siquiera cabría la posibilidad de que fuese válido. ¡Habría tanto fuego y tanta luz en el espíritu del nuevo humano!, que nada, nada, podría causar un retroceso. El progreso sería inevitable, ¡eterno progreso!... Cual un horizonte, que sólo insentiva a caminar; empero en semejante sistema comunista, caminaremos al fin en aquel nuevo contienente que entre todos hemos con tan ferviente anhelo buscado, «¡al fin!», diremos, alzando copa en mano y sonríendo con nuestras queridas ninfas, nosotros, hombres; y mujeres, felices, calmas, jugando también con sus estimados camaradas. El ser humano nuevo, sin embargo, no estará desprovisto de los ingredientes antiquísimos de su alma: la tristeza, la añoranza, la melancolía... El artista tendrá ese mismo material para esculpir su obra, y aún más. – La amoralidad, sería un término perfecto para denominar este nuevo estadío de conciencia, pero sólo si partimos desde las viejas concepciones de lo que en algún tiempo habría sido entendido como "moralidad", puesto que en términos estrictos, sería una nueva moral, ni siquiera una renovada moral (cual la nietzscheana), sino que una moral del instante, apartidaria de toda ideología, individual y populista, un carpe diem consensuado en el aquí y ahora, tal una estrella fugaz a los ojos del sueño en el firmamento. Esta «amoralidad», puesto ya, estaría fuera del bien y del mal, es decir, fuera de la moralidad y de la inmoralidad clásicas. Sería, en definitiva, sí, una nueva moral, no una renovación, cual la piel de la serpiente, sino algo nuevo, es decir, una nueva especie. ¿Puede ser algo nuevo si sigue siendo especie?, pues no en esos términos absolutistas, ya que claro que el cuervo no es nuevo en relación a la serpiente: ambos son vida, ambos son especies, pero ambos, son diferentes. Así mismo esta moral de la cual hablo: no es de la misma especie de la anterior, no es, por consiguiente, su renovación; sino que es, en definitiva, diferente, nueva: sin embargo..., sigue siendo vida.
En cuanto a diferenciar los tantos del concepto «patria»: la etiquetada 'patria' burguesa es aquella que responde a intereses de unos pocos, quienes apelan al nacionalismo (enfermedad infantil), por ende, la más despreciada; luego, nos encontramos con La Patria Grande, en referencia a los actuales procesos revolucionarios de Latinoamérica, comandado por el comandante en jefe Hugo Chávez, un colega, y Rafael Correa, otro compañero, siendo ella, una referencia de unificación e independencia de los intereses burgueses extranjeros que desde hace décadas e incluso siglos nos han en consecuencia explotado. A esta Patria, hoy día, apoyo; aunque no use esa palabra por sus connotaciones no sólo masculinas del patriarcado, sino también en referencia a los patrones explotadores primordiales: los patricios. Y, finalmente, a todo concepto de patria que en el conlleve un apegado orgullo: desprecio. Patria es humanidad. La Tierra es la humanidad, luego la patria es la tierra. Y si la patria es todo, por tanto, la patria es nada. Su anulación completa anula también por completo el orgullo absurdo que por ella alguien pueda llegar a sentir. Fuera de todo esto, no hay problema alguno.
En cuanto al «patriotismo», no vendré aquí a hablarles sobre estupideces anarquistas infantiles, que con un orgullo de odio caprichoso, no hace más que juzgar aquello que poco entiende y prejuzgar aquello que no entiende. Aclarados en precedente párrafo las concepciones humanitarias de patria, podemos concluir, en términos políticos, que un verdadero antipatria es un oligarca, un explotador, el proxeneta del pueblo: fatuo capitalista voraz. En definitiva, si la patria es el pueblo, es decir, todos, en cuanto no somos explotadores de nosotros mismos, entonces, un antipatria es un antipueblo, un antipopular, un antipopulista. Hogaño, las significaciones del «populismo» son harta criticadas en modo peyorativo por los espíritus burgueses, aquellos que en magnífica contradicción rescatan nuestra democracia empero no su alma. Su alma somos nosotros. Nosotros elegimos la democracia y no la dictadura, y así mismo nosotros podemos elegir la revolución, y no el conformismo. No obstante, por despreciar un extremo, no es necesario caer en otro. No se trata de blancos y negros, no se trata de un bando u otro, se trata de ser pragmático, inteligente, no necio; y la inteligencia, damas y caballeros, si es en verdad inteligente, siempre estará del lado del pueblo. No haré metafísica sobre ello en esta publicación. Prosigo: no es lo mismo un nacionalista latinoamericano que un nacionalista europeo, en evidentes términos amplios, pues, el primero, reivindica su patria y su nación, su soberanía económica y política, en vistas de los cazadores del norte, y del viejo continente, que no han hecho más que explotar a sus hermanos; pues estos segundos, devienen en xenofobia y racismo, en tiranía, en violencia absurda, en necedad, en estupidez infante, en definitiva, es la patria europea el concepto de "patria" que tanto ha sido criticado por grandes escritores principalmente del añejo continente. En ello pensaban. El patriota latino es un colonizado, y se defiende del colonizador; mientras que el patriota colonizador, de los pueblos del norte en ambos continentes, al no tener de quién defenderse, ataca y se crea enemigos, para expanderse y dominar. El ser humano colonizado, africano, latino, y del pueblo tercermundista que fuese, se convierte automáticamente en un honorable patriota cuando descubre sus derechos -es decir cuando se reivindica como tal-, tanto como ciudadano como ser humano, es allí cuando se atiza el fuego de su conciencia, cuando su esplendente espíritu brilla al son del Sol, y despierta como el crepúsculo, lentamente, como las flores se abren en otoño. En cambio, la bestia necia, el patriota del norte, el nacionalista del primer mundo -en términos mayoritarios, no absolutos-, tiende a discriminar a sus vecinos, a odiar al prójimo -cuando con esto no digo que haya que amarlo, ¿pero odiarlo?-, tiende, en definitiva, a detestar profundamente todo aquello que le impida su «vivir bien», es decir su plusvalía, su explotación desenfrenada al cuerpo y corazón del oprimido; ¡y tiene que buscar un enemigo!; inventarlo, para así justificar su barbarie.
Esto es todo.